Analogía:
Razonamiento basado en la existencia de atributos semejantes en seres o cosas diferentes.
Y éstas son las mías...

sábado, 9 de julio de 2011

Dos cristales diferentes.




1. Amanda y el espejo.

De pronto sintió la necesidad de escribir, buscar un público que disfrutara con sus textos. Ahora ya no tenía a nadie a quién pudiese deslumbrar con sus giros intelectuales y aires de erudición. Su filosofía casi psicoanalítica sobre la vida y la gente que le rodeaba, no debía pudrirse en un rincón de su alma. “¡Gentuza! ¿Acaso no veían lo mucho que podía haberles aportado? En fin, allá ellos. Está claro que ‘ella’ les había lavado el cerebro. En el fondo habían demostrado ser unos ignorantes pusilánimes que se habían dejado llevar por su manera frívola de enfocar la vida. Además, el mérito no era de “ella” sino simplemente de esa manera tan machacona de ser omnipresente en todos los sitios”. Era lo que pensaba, y así se lo hizo saber en uno de los numerosos enfrentamientos que habían tenido las dos durante tanto tiempo.

Habían pasado ya más de tres años desde que decidió alejarse de aquella, quien alguna vez en el pasado fue su amiga y confidente. Después, acabó traicionándola y despreciándola justo en el momento en que más apoyo necesitaba. “Estúpida niñata, engreída y prepotente ¿Quién se habrá creído que era?”

Mirándose en el espejo del cuarto de baño, Amanda se veía divina. Sí, cierto era que le sobraban varios kilos pero sus formas redondas las justificaba auto describiéndose como una mujer voluptuosa. Nunca tuvo complejo, es más, se enorgullecía de tener caderas anchas, pechos maternalmente generosos y un trasero grande. Mil veces se había puesto a dieta y otras mil se la saltaba sin flagelarse en exceso.

Una y otra vez pensaba en liberarse del todo mientras se contemplaba en su propio reflejo. ‘Ella’ había conseguido alejarla de aquel grupo de amigos que, pese a considerarlos poco eruditos, apuntaban ciertos modos “intelectualoides”. Aquella gente había llegado a compartir sus secretos más íntimos, siendo sus confidentes, apoyándose en ellos durante una temporada crucial en su vida. Y sí, echaba de menos aquel sentido del humor que compartían como un lenguaje propio y autóctono. Ese sarcasmo fino de Roberto, aquel medio flirteo con Germán. Echaba de menos la camaradería con las chicas, sus consejos, sus opiniones… Todo aquel entorno fue parte de un tiempo que recordaría para siempre con un amplio sabor agridulce. Había confiado en ellos, se había abierto mentalmente contando todos y cada uno de sus pensamientos. Se enfrentó a la cruda realidad con ellos, condenando su matrimonio y posteriormente divorciándose. Compartió sus dudas, sus alegrías, sus lamentos y empezó a vivir nuevamente tal y como había decidido. Necesitó que ellos estuviesen allí y, sin más, “ella” se los arrebató. ¡A saber qué había dicho aquella harpía enana! Su tamaño era inversamente proporcional a su maldad. Estaba segura de que había puesto a todo el mundo en su contra, porque era obvio que el grupo entero no podía dejar de quererla.

Necesitaba escribir, expresarse, dar rienda suelta a esos pensamientos tan flagelantes a la par que tan permisivos y tolerantes consigo misma. Cavilaba en todo aquello mientras seguía observándose apoyando ambos brazos en el lavabo. Irguió la papada. Hacía tiempo ya que se había cortado el pelo “a lo chico” en pleno caos emocional, auto afianzándose en sí misma. No necesitaba aderezos. Era  intelectualmente superior a la mayoría de la gente y su belleza enganchaba por hablar de una psicología casera bien aplicada al conocimiento de la gente que le rodeaba o de un nuevo avance en medicina.

Tras huir de aquel grupo, después de la última amarga y densa discusión con “ella”, supo que estaba tomando la mejor decisión para su salud mental: Alejarse de toda la manada, cual loba desterrada, le daría paz, tiempo para meditar y sobre todo, tener claro quién iría a buscarla. Eso la mantuvo fuerte dentro de su cueva, aunque de cuándo en cuándo trataba de contactar con algún miembro del “rebaño” por la red.  Pero siempre llegaba a la misma conclusión: seguían influidos por su embrujo. Había luchado, a su manera, para que ‘ella’ no se los quitara del todo, pero luego se alejaba y perdía el contacto largas temporadas, enfrascada en sus quehaceres, sin acordarse apenas de sus vidas. Por tanto, al final, el poco contacto que quedaba se acababa difuminando. Nunca fue desprendida afectivamente ni se involucraba en los problemas de los demás. Amanda era así, y así había que quererla.

Para más inri, se había sentido rechazada por Germán. Él era su “alter ego”. ¡Tenían tanto de qué hablar!  Era el prototipo de hombre cínico y divertido que le fascinaba, no tanto por su aspecto físico, pero sí por su forma de ser. Le encantaba escribir y que él alabase su nivel intelectual. Coincidían en muchos aspectos generales, pero aún así, le había decepcionado muchísimas veces. Nunca pudo comprender qué tipo de relación le unía a aquella “pulga” si no tenía nada que aportarle. Bueno, sí, era frívolamente divertida en algunos momentos, pero no era posible que él, cada vez que salían todos a cenar, se solapara a su lado, cual siamés, y no se separaran en toda la noche. Estaba convencida de que era ella la que no le dejaba en paz y le acaparaba, por tanto, no podía demostrarle la gran mujer que era Amanda. ¿Es que nunca se iba a dar cuenta de que ella era mil veces más interesante?

Roberto, el “padre” del grupo: cincuentón, casado y con hijos, todo un señor pero un narcisista que se resentía en cuanto no le gustaba un comentario que él considerase fuera de tono. Estaba claro que su matrimonio “hacía aguas” porque le encantaba flirtear y coquetear con las tres mujeres del clan, aunque de diferente manera con cada una. Después, decidió volcarse con Marisa, pues al final fue con la que más afinidad sentía. También él le había despreciado casi de la misma manera que el resto.

Pese a que en el pasado se sintió muy adulada por él y le gustaba, pues era ácidamente inteligente, su manera de ser le parecía demasiado incisiva a veces en sus reseñas. Sin embargo, se había sorprendido pensando en qué tipo de comentario le hubiese hecho Roberto si la hubiese visto ahora casada por segunda vez. Al fin y al cabo él era bastante religioso y convencional.

Lorenzo, era el más sencillo de todos, no le daba ni frío ni calor. Podía pasar sin él. Leía sus escritos en la red y la credibilidad que le otorgaba era menor o igual a cero. Era el perfecto ser disciplinado, lo contrario a la misma Amanda, que presumía de ser como es, comparándose con las indisciplinas de una adolescente. Lorenzo se levantaba todas las mañanas a las seis para hacer sus ejercicios. Su fuerza de voluntad era inquebrantable. No tenía nada en común con él. Perder su amistad le causó un sentimiento aséptico.

Después estaban Antonio, con el cual nunca llegó a profundizar en exceso y  Carlos, el cual no pasaba por una buena racha y ella no estaba ya para escuchar los problemas de los demás, al revés, lo que necesitaba era que la escuchasen a ella.

Amanda no tenía reparos en decir lo que pensaba de quien fuese y se enorgullecía de ser como era: consciente de sus defectos y virtudes.  
Y por fin tenía que tirar la toalla del todo. Ya no estaba dispuesta a seguir luchando por personas insulsas que se habían dejado manipular por una mente retorcida y perversa. Habían podido recuperarla y si no lo habían hecho, es que no la merecían.

Era envidia. No podía ser otra cosa. Rencor, celos de su intelecto, su personalidad, su clase y elegancia, porque si bien defendía su aprendido progresismo de izquierdas, la realidad era que vivía en una de las mejores zonas de la ciudad alabando siempre las buenas marcas como símbolo de referencia. Aquel era otro de sus antagonismos. Pero ¿qué es la vida sin contrastes? Lo había explicado mil veces y no la entendían, sobre todo ‘ella’, que era rematadamente terca. Todo se basaba en extremos: o sí o no. No entendía los “grises”. Al menos Marisa había estado ahí durante todo ese tiempo, manteniéndose siempre lo más objetiva posible. No estaba segura de su sinceridad al 100%, porque estaba claro que “ella” la tenía de su lado. En el fondo, se imaginaba que Marisa simplemente, siguió siendo tan políticamente correcta como lo había sido siempre y por eso quizás no le había dado la espalda del todo. Pese a eso, nunca había terminado de confiar ciegamente en ella. A priori, le pareció inestable, con falta de seguridad en sí misma y problemas en su matrimonio. Después vio que era una víctima más de aquella quien manejaba todo y a todos. 

Dejaría la relación con Marisa para felicitarse las navidades y poco más. Tampoco le aportaba tanto y se había dado cuenta de que mientras mantuviese contacto con ella y el resto, seguiría anclada a esa “deportación” y desprecio sufrido desde hace varios años.

Se observó bien las pupilas: Todo bien. Hinchó los pulmones de aire y dijo en voz alta: -¡Se acabó! -. Había llegado el momento de cortar el último hilo de esa soga deshilachada que la mantenía mentalmente unida a aquella gente. A día de hoy, lo tenía todo en su vida y no los necesitaba más.

Decidida, sin más reflexión, se sentó frente al ordenador portátil y abrió su perfil. Suspiró mientras miraba por encima las últimas novedades bajando el cursor por la pantalla. Después fue directa a la lista de contactos seleccionando a varias personas. Todos ellos tenían algún tipo de vínculo con ‘ella’, incluso algunos no pertenecían a ese grupo, pero también era necesario cortar por lo sano.

Pulsó el botón “intro” para eliminar los contactos, Marisa incluida. Aquello era una renovación completa, desde lo más profundo. Nunca hubiese podido imaginar la huella tan profunda que todo aquello le había dejado. Ahora se sentía libre por completo. Libre y nueva.



2.- Alba y la ventana.

Había llegado la primavera y Alba se encontraba en pleno brote de astenia primaveral. Lo llevaba fatal pero había aprendido a controlar los bajones y el cansancio producido por los cambios de presión. “Un día llueve, pero luego escampa y sale el sol, después se nubla y hace fresco”. Odiaba aquella estación del año y, mirando por el cristal, recordó que hacía años se sentía igual pero no tenía el conocimiento suficiente sobre su estado de ánimo hasta que conoció a Amanda. Ella había sabido explicarle muchas cosas que a día de hoy aún recordaba y que le daban pautas para sobrellevar aquel agotador trimestre.

Tiempo atrás, había pensado que era una suerte haber dado con una persona tan inquieta en este campo, que investigaba y trataba de hallar explicaciones a cierto tipo de dolencias. Y poco a poco, congeniaron tanto, que se hicieron más que amigas, hermanas. Fue una conexión sorprendente. Mientras Alba percibía a una persona sólida, centrada y estable,  Amanda admiraba la independencia y libertad de Alba, pues para ella representaba a la mujer libre, que no daba explicaciones a nadie.

Las dos se enviaban varios correos electrónicos a diario, se mandaban chistes y hacían planes para compartir con los niños los fines de semana. Ambas habían encontrado una nueva y sólida amistad la una en la otra…hasta que llegó el resto.

Alba intuyó que tres mujeres en un grupo, cuando el resto eran hombres, iba a causar problemas, pero obviamente, no iba a permitir que un tópico interrumpiese su ritmo social.

La fascinación por aquella asamblea virtual que tenía cita a diario, les creaba una dependencia mental y emocional que no muchas personas sabrían entender. El contarse su día a día se había convertido en una rutina especial que todos saboreaban con la mejor de las sonrisas. Aquello era una especie de “diario colectivo” en el cual todos explicaban sus miserias y sus éxitos.

Pero el tiempo fue pasando y las tornas fueron cambiando. Alba nunca entendió por qué Amanda, tan apegada como parecía que estaba a ellos, pasaba de alabarlos y adorarlos a ir, uno por uno, enumerando sus defectos, criticando lo que no le gustaba, cómo eran, qué situación tenían con sus parejas y un largo etcétera que era de todo, menos constructivo. Eso, y que Amanda pasó de ser una persona centrada (o lo aparentaba al principio) a dar bandazos en todas y cada una de las decisiones que tomaba en su vida, hicieron trastocar los sentimientos de Alba hacia su amiga. Se había vuelto una persona acaparadora, absorbente, las cosas pasaban a ser blancas, negras y luego otra vez blancas para decidirse por el gris. Le volvía loca. Pedía consejo pero si no le gustaba, acababa enfadada. Todos y cada uno de los pasos que daba o pensaba, se los contaba a su amiga, bien por correo, bien por teléfono, bien en directo. Al final Alba notaba que tenía que estar allí a modo de exigencia.

Tras un tiempo colapsándole la mente, y antes de empezar a sentirse sometida, Alba decidió darle un giro a aquella relación vampiresca que le estaba agotando. Quería marcar una distancia prudente. Dejar que su Amanda viviese más alejada, menos adosada a sus rutinas. Pero en cuanto notaba que Alba comenzaba a alejarse el bombardeo se aceleraba a base de mensajes, mails, llamadas de teléfono que no contestaba, etcétera.

Y lógicamente aquella alianza se volvió contraproducente no sólo para ambas, sino también para el resto del grupo. Las peleas pasaban de ser en privado a compartirse publicamente intentando, cada una por su lado, adquirir apoyo que acababa enfrentando a unos y otros. Lo peor no era querer cortar por lo sano alejándose de Amanda sino hacerlo y no perder al resto del grupo. No era fácil distanciarse cuando se está metida en un entorno en el que todos tenían contacto con ambas.

Aquella mujer le había enseñado grandes cosas pero también muchas mezquindades, y ambas habían exhibido lo peor de sí mismas. Sabía perfectamente lo que opinaba con respecto a ella y lo equivocada que estaba, pensando en que Alba había manejado a todo el mundo en contra de Amanda. Era tan incapaz de ver sus propios defectos que se negaba a admitir que quizás el hecho de que la dejaran marchar sin más era debido a que nunca fue alguien implicada con los demás, ni constante en su vida (tampoco en la social). Alguien que iba simplemente a lo suyo, que quería a los amigos única y exclusivamente para usarlos como oyentes o súbditos, en momentos puntuales, exigiendo sin dar, terminaría por quedarse sola…y sólo el tiempo pondría a cada uno en su lugar.

Alba miraba la lluvia a través del cristal y sonrió irónica al ver salir el sol entre la lluvia. Sintió paz y tranquilidad cotejando reflexivamente, el haber zanjado aquella historia. Tenía la certeza de que Amanda estaba bien y era mucho más feliz ahora que cuando la conoció. Se alegraba de verdad, sin rencor ni resentimiento. Y finalmente llegó nuevamente a la conclusión de que en la vida hay personas que se quedan y otras muchas, de las que se aprende, pero están de paso.

Ambas mujeres contemplaban cristales diferentes en el mismo instante. Las dos se ceñían a sus reflexiones, cada una a su manera, sobre la misma historia. La una frente al espejo, reflejándose en la realidad interna y la otra, tras la ventana transparente que le mostraba la realidad exterior.




4 comentarios:

  1. Perdona esta intromisión anónima... He caido en tu blog un poco por casualidad y he leido tu relato. Si a ti no te importa, miraré de vez en cuando por si publicas algo más.
    Me ha resultado cercano leer sobre "amandas" que atraviesan el espejo y "albas" que se ven reflejadas en ventanas; al fin y al cabo solo se diferencian en una fina capa de aluminio sobre el mismo vidrio...
    Al menos me has hecho añorar ver por mi ventana la lluvia que marque el final del verano; promesa de vida....

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  2. Claro que no me importa. Un blog está para eso. Gracias por la lectura y el comentario. Eso sí, la diferencia entre ambas, es que mientras que una se veía reflejada la otra miraba a través de la ventana. Cuestión de prisma...

    Saludos.

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  3. Alba y Amanda, Amanda y Alba... Los dos nombres empiezan por A y no es casualidad. Sé ve claramente que este cuento lo ha escrito Alba y no Amanda, porque si Amanda lo hubiera contado, habría sido ella la que miraba por la ventana mientras Alba se contemplaba en un espejo, algo que entra dentro de lo normal, ¿no crees? Es el prisma que invocas, que tiene varias caras.

    Lo curioso es que esta historia sucedió tres años antes de la fecha de este post y que Alba y Amanda, Amanda y Alba ya habían recorrido bastantes millas por caminos divergentes. Desde que Amanda cortó por lo sano, no volvió a pensar en Alba, porque siempre se pone un punto y aparte cuando se termina un párrafo (es curioso lo que a veces puede resistirse el punto y final, ¿verdad?)

    Dos años después de esta entrada, (van ya cinco, ¡cómo pasa el tiempo, Ana!) Amanda ha buscado referencias en el foro donde conoció a Alba. Sí, la enfermedad que las unió la tiene al borde del metrotexate. ¡Cómo ha cambiado todo aquello! Los mismos problemas y dudas, eso sí, pero en letras de otros personajes. Amanda ya no conocía a nadie y por un instante recordó este cuento y añoró a los escritores clásicos.

    Ana, sabía que este post tenía que exitir, demasiado bien se conocían Alba y Amanda, demasiado se amaron y demasiado se odiaron (no hay odio sin amor y de eso sé un rato). No es que nadie me lo haya soplado (no busques soplones) es que amores como el nuestro no se esfuman sin dejar huella: nadie olvida el día en que perdió su virginidad y esto nos dolió como un himen desgarrado.

    En la distancia que pone el tiempo a todo lo pasado, es extraño, pero sólo me quedo con lo bueno y lejos de ofenderme por este post, lo leo con cariño: sé positivamente que los motivos que esgrime Alba como propios o pone en la mente de Amanda son acertados, ni con toda seguridad los propios de Amanda o los que le achaca a Alba lo son. Ambas respiraban una atmósfera muy contaminada y probablemente sufrieron alucinaciones que les parecieron reales: compartían tablero y movían los mismos peones.

    Me alegra que estés bien, se percibe en tus entradas recientes. Creo que las dos ahora somos con toda probabilidad tranquilamente felices. Ya hace tiempo que yo no escribo, será que ya no lo necesito, pero ya sabes que la cabra siempre tira al monte y que la vida es un río de rápidos y remansos. Más unas vidas como las nuestras.

    Descanse en paz todo aquello.

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    1. Efectivamente, descanse en paz y que se convierta en cenizas llevadas por el viento.

      Y lo felices que son ambas ahora, sin peleas, discusiones, razones de peso que defender, puntos de vista que revocar ni personalidades que convencer, no lo paga el mayor diamante del mundo. Al menos por mi parte.

      Me alegro que te vaya bien, sinceramente. Y siento mucho lo del meta.

      nota: este post es de lo peorcito que he escrito: largo, denso, pesado y cansino, pero he descubierto que al vomitarlo se convierte justo en eso, en punto y final.

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