Analogía:
Razonamiento basado en la existencia de atributos semejantes en seres o cosas diferentes.
Y éstas son las mías...

sábado, 15 de octubre de 2011

La entrega.


Llamó insistentemente al timbre de la puerta mientras escuchaba unos pasos acercarse.

- No puedo más -. Le dijo a la mujer que tenía ahora delante tras el umbral.
- ¿Perdone? ¿La conozco?
- Quizás usted a mí no pero yo a usted sí. Y creo, además, que la información que tengo es incorrecta.

No había signo de arrugas ni sufrimiento debido al paso del tiempo. Increíble. Aquella maruja se había convertido en una toda una señora que destilaba elegancia.

- ¿Ah, si, y eso? ¿Es usted del censo?
-  No – esbozó media sonrisa irónica.
Estaba ojerosa, cansada y harta. - Estoy segura de que lo que le traigo lo estará esperando como agua de mayo.
- Mmmmm…pues no sé, no he hecho ninguna compra por Internet y me he desenganchado del “Teletienda”…

Era otra. Estaba 15 años rejuvenecida y su figura se ceñía a un vestido ajustado estampando dejando resaltar los 20 kilos que había perdido. Sin embargo, ella estaba hecha una bazofia. Triste, canosa, ojerosa y con bolsas. Si  hubiese creído en los maleficios estaría segura de que le habían hecho algún tipo de magia negra. Pero ya no estaba dispuesta a aguantar más, y aquello se iba a solucionar allí mismo.

- Toma…creo que esto te pertenece – dijo girando la cabeza hacia atrás.

Y de ese “detrás”, salió lo que quedaba, el que hasta hacía dos años, había sido su marido.

Su aspecto era horroroso. Más que pelearse, la pareja que se postraba en el rellano del portal, parecían haber estado pegándose. Llevaban la ropa hecha jirones, arrugada y descosida.

- ¡Pero Pepe!
- Lola, yo…
- Muy bien – dijo la amante cansada. - Pepe, Lola, Lola, Pepe… ahí os dejo, que es donde teníais que estar hasta que yo llegué a vuestras vidas.

Pepe, con lágrimas en los ojos, hizo ademán de abrir los brazos mientras se iba abalanzando sobre lo que antaño había sido su hogar intentando abrazar a su mujer oficial.

- ¡Un momento! – Dijo Lola con ímpetu. – ¡Tú, niñata de pacotilla! ¡Date la vuelta ahora mismo! ¿Pero qué os habéis pensado? ¿Que yo, después de dos años voy a volver a aceptar que este gandul, inútil e impotente vuelva a mi casa? ¡Ah, no! ¡Eso si que no!

Y de un golpe rotundo dejó a Pepe oliendo la mirilla de aquel portón que había barnizado con sumo cuidado veinte años atrás, mientras, escaleras abajo, su amante se alejaba silbando y cantaba “Volverás”.

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