Analogía:
Razonamiento basado en la existencia de atributos semejantes en seres o cosas diferentes.
Y éstas son las mías...

martes, 25 de octubre de 2011

Mujeres al borde de un ataque de tercios.


Nunca fui una camorrista ni una adolescente matona  que se tiraba de los pelos con el resto de las niñas, pero lo que hoy voy a contar demuestra que ninguno de nosotros está libre de pecado.

Eran alrededor de las 2 de la mañana y el grupo que tocaba ya estaba en el apogeo del concierto. La gente estaba entregada cantando al unísono mientras los focos alumbraban el pequeño escenario. Decidí acercarme a la barra a pedir una copa, pues íbamos pagando por rondas y esta vez me tocaba a mí. Sí, bueno, iba algo achispada, pero de muy buen rollo, encantada de la vida y feliz de disfrutar del concierto.

Remando a codazos entre la gente, conseguí llegar a la ansiada barra y allí, apoderándose de los cincuenta centímetros que apenas quedaban disponibles, había una mujer morena, de aspecto latino, con el pelo largo y ondulado, posicionándose como dueña y señora de aquella parcela.
– Perdona, ¿me dejas? – le pregunté lo más respetuosa que pude a la par que ejercía mi derecho a ser  cliente consumista.

La chica se apartó de mala gana, haciéndome saber con una mueca que no era la primera persona que le pedía desplazarse. Debía de estar hasta el mismísimo moño de apartarse, pero que no se hubiera puesto en la barra.

Conseguí apoyar mis codos en el mostradory le hice una señal al camarero para que viniese a tomarme nota. Mientras esperaba, vislumbré al otro lado de la barra a un conocido que no tardó en corresponderme con mímica, pues el griterío del gentío y los decibelios le impedían emitir sonido alguno, a la par que buceaba entre el público.
- ¡Cuánto tiempo! – dijo dándome dos besos.
- Ya te digo - grité- ¿Vienes de boda?
- Sí hija, si no ¿la corbata de qué? – reímos cómplices.

Entonces sentí cómo unos ligeros toquecillos en mi hombro derecho se apelotaban uno detrás de otro. Me giré y ahí estaba la latina, con sus brazos en jarras, tal que Agustina de Aragón pero en versión venezolana.- Perdona, ¿vas a pedir ya o qué? - me preguntó arrogante.
- ¿Cómo dices? – contesté asombrada por su actitud inquisidora con el buen karma que llevaba yo encima aquella noche.
- Que si vas a pedir, que has llegado aquí avasallando y estábamos nosotras viendo el concierto - me gritó aprovechando que la música nos atronaba los oídos.
- Lo siento pero, que yo sepa -intenté razonar -este sitio es para pedir, así que si no quieres que te molesten, vete a otro lado.

Acto seguido, una segunda chica se acercó al oído cubriéndose la boca con la mano, bien para que la escuchase en condiciones, bien para que la otra no leyese sus labios -. Déjalo – me asesoró cordial- no ha parado de empujarme mientras bailaba. ¡Vaya noche me está dando la tiparraca esta!
- ¿Ah, síííí? – le contesté sin amedrentarme - ¡Pues todavía se va a llevar dos hostias! – Me sorprendi con mi propia voz por encontrar tan repentina complicidad con la recién llegada.
- No dejes que esto te amargue la noche – me asesoró el de la boda.
- Son 16 euros - intervino el camarero.
- No puede ser - protesté –.Yo no he pedido esa Coca-Cola.
-¡Ah, entonces son 13!

Y de nuevo, siento otro golpecito por detrás y la voz de la morena: - ¿Te vas a ir ya o qué?
-  Pero bueno, ¡yo alucino! - le contesté ojiplática- ¿A que me quedo aquí toda la noche sólo para tocarte los cojones (niñata)? – ¡Por fin afloró el barrio-que-llevo-en-las-venas! Estaba ahí aletargado, mudo, sin saber si brotar de una vez o no.
- ¡Que te pires ya, que te pires! ¡Que te vayas, que te vayas, que te vayas! – gritaba histérica casi sin respirar por encima de los decibelios del local.
Arqueé las cejas mientras me contenía la risa floja al verla cacarear de esa manera aquella frase pueril con una voz de pito que ni sacado de la peor novela de Telecirco.
- ¡Relax, chicas, por favor, tranquilidad! – decían los que estaban alrededor.

Y mientras negaba con la cabeza en señal de alucino.en.cuarenta.colores, aboné la cuenta al pobre barman que estaba siendo intentando no tomar partido por ninguna de las dos y esperando a cobrar los dichosos trece euros del ala. Entonces, según entregué el dinero, noto que la morena se escurrió entre la gente, colocándose de nuevo en el sitio inicial (o lo que viene a llamarse "la casilla de salida") y decidió usar sus armas bélicas atacándome cañonazos de cadera hispánica, empujándome una y otra vez, una y otra más, tal y como había hecho con la amedrentada chica que miraba el percal desde su perdedora esquina del ring.

Así que me di cuenta de que toda mi cordialidad y buenrollismo se evaporó en cuestión de dos nanosegundos, notando cómo un fuego irascible me escocía por dentro. Mis dedos, fuertes y ágiles, entrenados de tanto teclear, comenzaron a marcarle su espacio vital separándola del mío, empujándola a la altura de la clavícula una y otra vez, una y otra más, (en el mismo sitio duele un poco) acto que la hizo recular contra la barra. Quizás no esperaba que su pequeña rival ejjjpañola se creciese tanto.

- ¡Que-no-memmm-pu-jessss! ¿Es-taaaa-mossssss? – la contesté  todo lo “Estebanista” que pude.

Aquel instante fue como si el mundo parase de girar, el concierto dejara de sonar y el resto de los humanos allí congregados parecieran congelarse. En un Universo paralelo especulé con que ella me retorcía los dedos (esos que no dejaban de presionarle entre el esternón y su clavícula), y mientras tanto yo abría la palma de mi mano derecha para estamparla en su cara y dejarle los cinco dedos marcados. Miré incluso el botellín de tercio de cerveza que andaba estático en la barra esperando a ser recogido. Sin embargo, el planeta continuó girando, la música siguió sonando y la gente persistía embobada en bailar, excepto aquellos situados a nuestro lado, que respiraron, aliviados, al ver cómo el hombre-del-pinguinillo-en-la-oreja se interponía entre nosotros presto y veloz.

Ví cómo se acercaba a su oído y la amonestó verbalmente. Yo esperaba mi turno para el sermón (que esta gente normalmente son más bien salomónicos), pero a mí no me dijo nada. Debía de estar observándola desde hacía ya un rato, estaba claro.

Orgullosa y triunfalista, con una sonrisa que ni la Pantoja con sus mejores dientes, cogí las copas de la barra y me encomendé de nuevo a la jungla humana que seguía botando, no sin antes mirarla de frente. Fue entonces cuando alcé mi copa en alto y, metiéndome entre la gente le solté: - Buen rollito (¡zorra!).


6 comentarios:

  1. ¡Casi sacas la mano a pasear!! Cuidadín, cuidadín. Mira que la noche es muy mala y las manos las carga el diablo.... Ana P.L

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  2. jajaja, Anita, el barrio pesa mucho! Un beso.

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  3. Oye, lo de zorra te lo vas a tragar serrana, mismo día a la misma hora si te atreves.

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  4. Ja,ja,ja....como estás de guerrera, no te lances que soy yo. Que sería de los sábados sin alguna de estas.
    Vic.

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  5. Jajaja, no hacía falta que aclarases, he sabido que eras tú por lo de "serrana" jajajaja. Un beso

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  6. ja ja, me encanta! uf! me sube la adrenalina, yo tampoco soy follonera, pero si me pican se me nubla el entendimiento totalmente.
    Confieso que de jovencita, en mitad de la pista cuando la gente quería sacarme de mi zona, mientras bailaba empezaba a dar codazos y culetazos como quien no quiere la cosa, para abrirme un poco del espacio que venían a quitarme.
    Besitos

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