Analogía:
Razonamiento basado en la existencia de atributos semejantes en seres o cosas diferentes.
Y éstas son las mías...

lunes, 14 de noviembre de 2011

El cliente



Eran las 9.30 pasadas pero la mañana aún seguía congelada. Entró en aquel nuevo bar, en el que, impreso en el cristal, se veía un churro mojándose en una taza de chocolate. La mescolanza del olor a bollería, porras y café era un señuelo demasiado fuerte como para poder evitarlo. 

Se sentó en uno de los taburetes giratorios pegado a la barra. Pidió un café y un par de porras. La jornada sería larga y necesitaba calorías. Se quitó el abrigo impoluto, se alisó la corbata y, fijándose en las pelusas de su pantalón, fue quitándolas despacito con sus dedos a modo de pinzas metálicas.

Echó un vistazo al nuevo local y, como no observó nada interesante,
terminó por alargar el brazo para alcanzar el periódico que vivía alojado en una esquina de la barra. Empezó a hojearlo mientras esperaba, y en un alarde de simpatía, le preguntó al camarero si había alguna novedad.

-          Ná, lo de siempre, ya sabe... – contestó raudo el mesero-. Que si la crisis, que si han pillado a otro alcalde untado con pasta de un constructor y lo “pesaos” que se están poniendo todos con la tía esa, la…la…la que ha dicho que estaba embarazada del Príncipe…        

-          ¡Ah, si! La rubia esa que está tremenda – dijo el cliente. – ¡Joder es que si hubiese sido yo...! ¡Qué quiere que le diga! ¡Se me iba a escapar a mí esa! Ahora, claro, que si le haces un bombo, la cagas del todo. Es que hay que ser idiota. A mí, me da que lo que busca esa es que la mantengan ya de por vida.

-          ¡Nos ha jodido! – dijo el del mandil. – Esa tiene la vida ya resuelta.       

-          Como otras muchas – contestó el cliente con la boca llena -,  que anda que no hay lagartas por ahí buscando quien las sustente, se lo digo yo, que no hago más que verlas de cerca en el gimnasio. Voy todos los días, si no ya sabe, las “churris” luego, ni caso. Hay que cuidarse, aunque sea tarde y después de la oficina, ya me entiende. Y no digo que sean todas malas, ojo, que hay mujeres que son buenas. Mi madre por ejemplo - Dijo a carcajadas -, y esas que están pendientes del marido, de los niños, en casita, pero ¿el resto? ¿con las que yo trato? ¡buf! ¡Unas zorronas! Las tenía que ver usted en mi despacho, venga a provocar. Y es que uno no es de piedra ¿sabe? 
Y para qué decirle si uno pretende tomarse una copa tranquila de vez en cuando con los amigos, que es que no hay manera… Pero bueno, es lo que hay, ya se sabe. Habrá que cumplir. ¡Mujeres

Ambos hombres rieron sintiéndose repentinos cómplices. El uno siguió atendiendo al resto de los comensales, el otro terminó su desayuno y preguntó cuánto era.

-          3.50, caballero.
-          Le dejo 4 y quédese con la vuelta.

Al salir por la puerta se abrigó y miró su reloj de pulsera. Se le hacía tarde. Aún tenía que ir al mercado, volver a casa, preparar unas lentejas, hacer las camas, recoger los trastos y pasar la aspiradora. Recogería a los niños a la 1 y por la tarde se dedicaría a planchar. 

Era lo acordado con su mujer, desde el día en que le despidieron.

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