Analogía:
Razonamiento basado en la existencia de atributos semejantes en seres o cosas diferentes.
Y éstas son las mías...

lunes, 7 de noviembre de 2011

¿Misión imposible?


Llovía y ya era de noche. Me pasé aquel día de fiesta, tranquila, atajando tareas domésticas. Qué mejor momento para sacar la plancha, calentita dentro, con frío fuera, intentando aplicarme esa terapia que algunas mujeres definen como “relajante”, pese a que no acabe de verlo tan claro.

Enfrascada en mi rol de ama de casa, cual ratita presumida (plancho mi ropita, la-lara-larita), sonó el timbre del telefonillo y, cediendo a mi morbosa curiosidad, me asomé a la terraza, desde donde veía quién llamaba a esas horas de un domingo-no-domingo.

Entre luces de farolas, reflejos de lluvia y focos de algún coche, divisé a dos policías exhibiendo, desde lejos, sus uniformes fluorescentes.

- ¡Joder con el puto Halloween! – Fue lo primero que pensé -. ¡Mira que son mayorcitos ya para andarse con disfraces!

Especulé con no abrir, pues estaba harta de tanto monstruoso “truco o trato”, pero la franqueza de sus trajes de funcionarios públicos, me hizo dudar y contesté.

- Muy buenas. Venimos a traer una notificación electoral.
- ¡Mierda! Hubiese preferido “trato” ¡Sin duda!

Abrí aquel sobre oficial y fui encolerizándome cada vez más. ¡Qué alegría! Había sido elegida nuevamente, Primera Vocal de Mesa Electoral. ¡Nuevamente! ¿Pero es que en este país no tachan de la lista a los que ya cumplieron en elecciones anteriores?

Maldije mi suerte entre dientes (sí, esa misma suerte que por segunda vez decide homenajearme y que por ninguna vez me premia con un boleto de lotería). Despotriqué en voz alta mascullando todos los nombres de mis antecesores, luego a los santos de la Iglesia Católica, después la Budista, para acabar con algún que otro musulmán, no vayan a tacharme de racista, que mi mala leche, recién condensada, da para mucho y hay que repartir.

Empecé a imaginarme mi orondo culo cosido una silla de esas de colegio, de madera recta y fría, nada ergonómica (la delicia de un faquir), mientras transigía, resignada, con mi obligación de ciudadana, escuchando los “pésames” de mis  íntimos. Llegué a oír varios “Qué putada”;  un par de “Pues es lo que hay”; tres “No hay mucho que hacer”;  y un “Lo llevas chungo”. Ten amigos para esto…

-No es justo – Pensé. – Además de haber “pringado” hace ya algunos años, vislumbre mis futuros y crónicos dolores lumbares, “sacrílegos” (¿del sacro?) y espinales, que harían que aquel ejercicio de 16 horas dominicales se convirtiesen en una auténtica tortura.

Desesperada, me sumergí en la red (¡santa red!) para ver en qué casos se podía uno excluir, y con lo primero que di fue con ardientes foros en los que hervían preguntas legales de usuarios sulfurados breando, desesperados, al administrador de la web.

El vapor de la plancha no era ya necesario. Mis oídos exhalaban humo cuál botafumeiro en plena Misa del Gallo. Leí, investigué y por fin dí con dos cláusulas de nuestro dios BOE: La primera se trataba de dolencias físicas justificadas mediante certificado médico. La segunda tener un menor a tu cargo, siempre y cuando al otro progenitor le fuera imposible atenderle en dicha fecha.

Así que ahí fui yo, vestida de Lara Croft, embutida en charol, catana en mano, Kalashnikov en la otra, dispuesta a retarme con el sistema: El Ayuntamiento, mi médico, la junta electoral y la santa madre Constitución disfrazada de un Alien burocrático.

Llevaba papeles incluso por duplicado. Era una misión maldita, imposible, difícil – eso decían todos –, así que me entrené, me preparé y diseñé la estrategia: Certificado médico sellado y firmado por mi doctora, fotocopia del BOE, subrayando las leyes a las que me acogía, carta de la empresa del padre de mi hijo (justificando su ausencia por un viaje), fotocopia del libro de familia (declarando mi situación familiar) y un manifiesto que ni el 15M, redactado en exclusiva a la atención de la junta electoral en el que exponía claramente mis alegaciones (artículo 4, párrafo 2, versículo 12, Amén).

Y ahí estaba yo frente a la puerta, con el casco, las rodilleras, el escudo y la pistola, no vaya a ser que la Kalashnikov se me atascara en el último momento.

Tenebrosa, abrí la puerta de aquel cuartucho escondido, en un recóndito rincón de la sierra Madrileña. Aquello no invitaba a entrar. Era lúgubre y gris, como el día, como la lluvia que no cesaba desde hacía semanas. Abrí con cierto pavor y… ¿qué me encuentro? Lo que yo imaginaba como un tribunal austero de hombres legislados, con aspecto de jueces venidos a menos, se había convertido de pronto en un chiringuito regido por tres “marías” que venían directas de dejar a los niños en sendos colegios. Todas ellas discretamente emperifolladas, pendientes de perla fina, jersey blanco de cuello alto, haciendo gala de sus dotes como ex secretarias, mientras atendían teléfonos y faxes.

Los timbres de aquel zulo serrano no paraban de sonar.

- Mari, atiende tú, que voy a ver qué quiere esta chica – dijo una rubia mechada mientras intentaba esforzar una ligera sonrisa.

Cumplidora y seria, fui sacando toda la documentación, papel por papel, uno a uno, len-ta-men-te, mientras aquellas líneas telefónicas no cesaban con su soniquete.

- ¡Dios mío! ¡Qué de papeles! –  Dijo aquel clon de Pitita Ridruejo colocándose, nuevamente, el artefacto entre hombro y oído.

-  Junta electoral, ¿dígame? (¿Pero dónde tienes el “certificado médico”?) – me susurró por fuera del altavoz.

- Aquí – Le dije con un dedo apuntando al papel y con otro acariciando el gatillo de la metralleta.

- Pues ya está, hala, toma – dijo Pitita rauda y veloz, extendiéndome un papel que me excluía de dicha función.
Salí con cara de idiota mientras, callada, cabizbaja y con complejo de histérica me fui tragando las ganas de haber expuesto mis fundamentos, cubrirme bajo una toga y defender mis derechos versus mis obligaciones. Pero sin más, cerré la puerta, guardé el escudo, el arma, el lanzallamas, la catana y la Kalashnikov, cruzando la calle.

Abatida pero contenta, me fui de allí, bajo aquella lluvia incesante, sintiéndome como Rambo en versión femenina y saliendo de una guerra, que como dijo en aquella película,al parecer no era la suya.

1 comentario:

  1. Ja,ja,ja...Serrana, lo de tratar a todas las religiones por igual (en negativo) te lo paso...pero ponerte a la altura de los políticos al poner disculpas para saltarte tu obligación como ciudadana...
    A este paso solo nos quedará la señora que encpontró una cartera con 20000 euros y lo devolvió...
    P.D: Me incluyo, no hice la mili por un papel similar del médico.
    "Pepito Grillo"

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