Analogía:
Razonamiento basado en la existencia de atributos semejantes en seres o cosas diferentes.
Y éstas son las mías...

viernes, 30 de diciembre de 2011

Tonta sí, pero no gilipollas.

Mi vecino del 2º, un señor respetable, llamó a mi puerta a principios de otoño. Apenas nos habíamos visto y dado los buenos días en los siete años que llevo yo viviendo en mi casa, pero ahí estaba él: con sus zapatillas de cuadros, sus cuatro pelos tapando su calva, su bata y su olor a cebolla, arrastrado desde su cocina.

Tras martirizarme media hora en la puerta, en la que divagó sobre lo humano y lo divino, me preguntó si podía hacerle un favor. Yo, deseosa de saber qué era aquello tan delicado como para hablarme con tantos rodeos, le incité a que disparase de una vez ya la cuestión. Por fin, me explicó que necesitaba que llevase a su hija (de 26 años como 26 catedrales), al mismo punto donde dejo yo habitualmente al mío por las mañanas, pues la “niñita” tenía un curso.

Aburrida e incómoda
por notar sus bizcas miradas a mi escote (que algunos disimulan muy mal dónde enfocan la vista, y más aún, a esas edades), le digo que no se preocupe y que venga el lunes a las 8:15 de la mañana.

- ¡A las 8 en punto le digo que esté aquí como un clavo!-  Me dijo impetuoso.

- ¡No, por favor! A y cuarto, que si no, no estamos listos. – Y por fin nos despedimos.

La mañana de aquel lunes comenzó muy estresada. A las 8:05
sonó el timbre de la puerta cazándome con el café en la glotis, descalza y con el ojo sin pintar (¿no le había dicho a y cuarto?) - ¡Buf! – Resoplé par
a dentro. Pero mis modales hospitalarios en los cuales fui educada, me obligaron a hacerla pasar al salón, mientras terminábamos de arreglarnos a “matacaballo”.

Allí se quedó toda tiesa. Sentada, muy rígida, en la punta del sofá, para no acomodarse demasiado. Sus piernas, bien juntas, con ambas manos sobre el regazo de la falda que acababa justo al borde de la rodilla, me recordaba al trasluz de la ventana, a Santa Teresa de Jesús, no sé si por su karma mojigato o por mascullar el nombre de algún supuesto antepasado mío por haber aceptado aquel favor.

-  Total, no me cuesta nada -. Pensaba una y otra vez auto-convenciéndome.

Ya en el primer viaje de apenas 5 minutos, tuve un cúmulo de pequeñas turbaciones que me fueron hinchando las narices (por no nombrar otros atributos, los cuales no dispongo). Para empezar me contó que su padre, jubilado, dormía plácidamente a esas horas. No entendí por qué un señor, con el cual apenas había hablado en años, de pronto, tiene la desfachatez de pedirme algo que él mismo podía hacer, y no le daba la gana porque se quedaba durmiendo. No es mi manera de ver la vida. Pero como dijo aquel torero: “hay gente pa’ tó”.  Como broche final me cuenta que su curso acaba en junio. No era un curso de un día, como yo pensaba. Se despidió con un “hasta mañana”, dejándome boquiabierta y con cara de idiota.

Transcurrieron dos meses de mañanas anticipadas y estresantes. Tuve que reiterarle el horario de salida varias veces, otras, que me esperara en el portal, y para más INRI hubo días en los que nos tocó esperarla a ella. Completito. Además ya no soportaba sus risitas histéricas matutinas, yo, que soy persona de lento letargo mañanero.

Pero el súmmum llegó cuando mi hijo cogió una gripe. La avisé para que se fuese sola por la mañana y aquella misma tarde, vino a preguntar cómo se encontraba el crío. Yo, aprovechando para ver cómo se las había apañado, la sonsaqué, curiosa.

- En autobús-. Me dijo con voz repelente.

- ¿Pero a qué hora lo coges? – Convenciéndome yo misma de su tremendo madrugón.

- Pues – dudó -, a las 8:10.

Arqueé las cejas, incrédula y volví a la carga:

- ¿Y a qué hora te deja? – seguí inquisitoria, sin dar crédito a lo que estaba oyendo.

- A las  8:20, enfrente del Centro.

Quise añadir alguna frase más, pero en ese momento me di cuenta de que llevaba dos meses facilitándole la vida a una tía que simplemente, no le apetecía coger el autobús. ¡Ole los ovarios monjiles de mi vecina!

- Es que da una vuelta enorme-.  Me dijo excusándose al haberme visto la cara.

- Pero conmigo llegas más justa, incluso si hay tráfico, llegas tarde.

- Sí, pero lo prefiero -. Contestó tajante, dando por finalizada la conversación.

Pasé tres días meditando sobre aquello. Mi hijo se recuperó y volvimos a las rutinas de esperarla, esperarnos, salir con el timbre matutino, calzarme a toda prisa, etc, etc. Y sin más, decidí ir por las claras: llamarla y decirle que no iba a seguir llevándola. Sin excusas, sin tapujos y directa. Me sentía con pleno derecho y ella debía respetarlo.

Lo que a priori, me pareció muy incómodo pero muy lícito, pues no es plato de buen gusto para nadie tener una conversación así, se convirtió en una tocada de cojones que todavía a día de hoy, estoy intentando averiguar a qué especie humana pertenece la susodicha.

Así que, tras explicarle que, visto lo visto: tenía un autobús que la llevaba puerta a puerta, que yo no quería cargar con la responsabilidad de llevarla puntualmente y que, sobre todo, me estresaba salir así todas las mañanas, escuché nuevamente, ojiplática, sus argumentos:

 - Pues más me estresa a mí esperar al autobús, porque hay veces que llega antes y tienes que estar esperándolo con más tiempo -. Alegó con dos cojones y un palito, esos mismos atributos que yo, líneas arriba, decía que no disponía.

- ¿Perdón? – Dije incrédula sin esperar esa respuesta.

- Sí – siguió regateando, tal que una gitana en un mercadillo – Además, yo no compro abono mensual y el bonobús me sale por una “pasta”.

- Ya, y a mí la gasolina (no te jode) -. Contesté ya de mal yogur.

Durante unos segundos, busqué dónde estaba la cámara, a ver si es que estaba siendo víctima de una broma.

- ¿Entonces mañana ya no me llevas?

- No, lo siento. Mañana ya no, lo siento de verdad, pero no. - Y por fin colgamos ambas el teléfono, ella con voz muy seria y yo plácidamente aliviada.

Pero si habéis pensado que este episodio quedaba aquí (que ya de por sí es de traca) la sorpresa final llegó cuando a la mañana siguiente, tuve un “dejavú” al oír sonar el timbre. Mi hijo, aterrado tras la mirilla, me susurró que era ella y que mejor no la abrimos.

- ¿Qué no la abrimos? ¡Verás tú si la abrimos! - Dije remangándome la camisa. Él, salió corriendo a esconderse, no fuese a ser que le cayese alguna colleja por error, consciente del terremoto que se “avecinaba” (y nunca mejor dicho).

Abrí la puerta y asombrada, escuché a “Sor Piedad de la Vecindad”, decirme con voz infantil, mientras cruzaba una de sus piernas estilo Lina Morgan:

- Buenos díiiiias.

- ¿Has perdido el autobús? – Contesté con mi peor talante.

- No, si me dijiste que hoy sí me llevabas-. Volvió a subir la rodilla, haciéndose la tonta y siguiendo la pauta de los dos últimos meses.

- ¿Qué yo te dije qué?  - Me afloró el barrio -. Sabes perfectamente que te recalqué que hoy no te llevaba -. Aquello, definitivamente, era surrealista.

- Me dijiste que sí -. Volvió a insistirme como si yo tuviera algún tipo de demencia.

- Mira, me lo estás haciendo pasar fatal-. Le expuse mi malestar.

- Uy, pues mira, chica, lo siento -. Se atrevió a reprocharme como si fuera mi obligación.

En ese momento noté cómo mi piel cambiaba a un tono verdoso. Cómo, subconscientemente, me rompía la camisa, los pantalones los hacía jirones, y finalmente, me llegaba a convertir en el Increíble Hulk.

Y casi con espumarajos en la boca empecé a gritarla en la puerta (a las 8:05 de la mañana, para no perder costumbres), increpándola por su cara dura y su manera de hacerse la tonta. Acto seguido, cerré mi pobre puerta con un gran y enorme estruendo acompañada de un gran alivio, porque una es tonta, pero no gilipollas.  


6 comentarios:

  1. Je, Je que bueno... Volveré por aquí.

    Un abrazo,

    Rato Raro

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  2. Creo que este tipo de cosas nos han pasado a muchos...

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  3. jajaja :) vaya vecinos, ánimo y muuuucha paciencia

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  4. Cuanto habría pagado por tener esa cámara oculta de la que hablas...

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  5. Buffff vaya jeta que tienen algunas... pero hija que quieres...de tal palo tal astilla.... El papa mientras tanto, jubilado y durmiendo a pierna suelta...

    Joder que jeta!! Que bien hicistes en explotar, y mejor hizo tu hijo al esconderse viendo el percal que se avecinaba...

    Un saludo!! Tienes un gran blog! Volveré por aqui, me gusta como escribes. Lo he grabado en mis favoritos.

    Saludos!!

    Xipo "En el mundo perdido" - Participante en la categoría de "viajes"

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  6. Cuando era niña mi madre siempre me decía 'Más vale una vez colorá que ciento amarilla'. Creo que la anécdota que nos cuentas es un gran ejemplo de ello.

    Jamás llegaré a comprender cómo hay gente que le echa tanto morro a la vida...

    Un saludo.

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