Analogía:
Razonamiento basado en la existencia de atributos semejantes en seres o cosas diferentes.
Y éstas son las mías...

sábado, 14 de enero de 2012

La red irreal.

(Imagen obtenida en Getty Images. es)
Me dí de alta con aquella cuenta de correo cuando ni siquiera sabía manejar un ratón en condiciones. Sólo quería saber qué era aquello tan novedoso que llamaban “la red”, cuando de pronto apareció una ventana intermitente a mi derecha.

- ¡Hola! ¿Estás ocupada? – Decía alguien desde dentro del monitor.

Por un momento pensé en que era cosa de brujería. Ingenua de mí, no tenía ni idea del mundo en el que me estaba sumergiendo. A partir de ahí, todo cambió radicalmente en mi vida.

- Me llamo Pablo.
(¿Y ahora qué hago?), pensé con complejo de idiota.

Entonces vi el cursor latiendo en ese recuadro blanco, donde se suponía debía escribir mi texto.



- ¿Quién  eres? – Escribí lentamente a duras penas, pensando que era alguien que me conocía.
- Pablo -. Dijo Pablo (obviamente).
- Y  qué quieres -. Tecleé saltándome todos los signos de puntuación.
- ¡Ja, ja, ja! ¡Qué graciosa! ¿Qué voy a querer? ¡Hablar contigo!
- Por aquí????? – Contesté presionando fuertemente la interrogación dejando entrever mi inseguridad.
- Hombre, si me quieres dar tu número de teléfono, te llamo.
- No, no…eso es imposible.
- ¿Y eso por qué?
- Porque no…Estoy casada.
- Aha… ¿Y qué haces tú por aquí?
- Abrir mi correo. No sé por qué me sales por aquí.
- Bueno, yo buscaba gente conectada, básicamente mujeres de 30 y tantos, para charlar, no vayas a pensar que... He visto que tenías encendida “la carita” y te he pinchado. Hay un directorio de gente que usamos el mismo tipo de correo.
- ¿Qué carita? – Seguí incrédula - ¿Qué directorio?

Y así empezó todo. De la noche a la mañana me encontré con un confidente invisible que me buscaba todos los días a través del monitor. Primero diez minutos, después media hora, luego dos…Después fueron días e incluso noches furtivas.

Nunca imaginé en el poder que podía tener alguien, ajeno a mi entorno, en detectar una fisura dentro de mí, a través de unas letras. Una fisura que iba abriéndose día a día, escarbando en mis pensamientos, como un abrelatas, sacándome del tedio monótono (y monógamo) de mi vida. Hurgando en mis sentimientos, confrontándolos conmigo misma. La mente se abría a sensaciones olvidadas, lejanas, sintiéndome valorada, querida, deseada…

Hacía tanto tiempo que no sentía esas cosquillas en el estómago, ese ensimismamiento que me conectaba con él, que hacía que de pronto mi vida interior, tan diáfana y plana, pasase a tener tabiques donde ocultar mi parcela privada que sólo compartía con mi álter ego cibernético.

Y así fue cómo de un simple “click”, Pablo se convirtió en un amante mental, en mi cómplice virtual. No me veía ni me tocaba, pero tarde o temprano aquella fricción estática sería real, bajo su piel. Me daba igual qué aspecto tuviese, qué olor desprendía o qué química irradiaba. Sólo sabía que entre él y yo había un mundo paralelo que compartíamos los dos. Habíamos soñado juntos nuestro encuentro, nos habíamos conocido ya imaginariamente, habíamos especulado sobre el tacto de nuestra piel, la ropa que llevaríamos, la que nos quitaríamos, qué nos haríamos mutuamente... Todo estaba hablado. Todo estaba dicho durante tanto tanto tiempo…

Y por fin llegó el día. Me preparé concienzudamente: Ahí iba yo toda cándida, ingenua pero decidida a ponerle piel a mi amante psicológico. Me puse un vestido nuevo que había comprado especialmente para la ocasión. Era holgado y vaporoso, perfecto para una tórrida tarde de verano. Me perfumé lo justo, me maquillé sin exceso y me hidraté para que mi piel fuera terciopelo en sus manos.

Con los nervios de punta me senté en aquel banco, lejos de mi casa, con el sol de agosto castigando las calles, notando cómo la madera de aquel asiento callejero transfería todo el calor retenido directamente a mis muslos semidesnudos. Vi pasar a varias parejas cogidas de la mano que huían de aquel sopor. Observé cómo dos abuelos sofocados (ella abanico en mano, él pasándose el pañuelo por la frente), trataban de refugiarse bajo alguna sombra al cruzar la calle. Y nadie más.

Una chicharra se manifestó primero, callando después, esperando respuesta. Pero su compañero silenciaba el diálogo, ausente.

Me giré buscando a Pablo y vi que justo detrás de mí, había un bar pequeño, bordeando los árboles de aquel parque.

- “Te espero en el bar del parque. Me estoy friendo” -. Le escribí al móvil.

Pedí una Coca-cola light, con mucho hielo, mientras me sentaba en aquella mesa pegada a la cristalera. Desde ahí podría contemplar el paraje desierto y verle entrar desde la calle.

Los nervios me estaban haciendo polvo el estómago. Miré el móvil por buscar algún remedio para aplacar mi ansiedad. Tenía el máximo de batería y cobertura. Decidí ponerlo encima de la mesa. Había memorizado su número para no tenerlo grabado y no dejar rastro, no tendría problemas en reconocer si llamaba. 

Un ludópata que acababa de entrar en el bar me miró con descaro de arriba a abajo mientras pedía cambio para echarle a esa caja de luces parpadeantes que se situaba justo en la entrada. Y yo, me sobresaltaba cada vez que escuchaba chirriar la puerta, pero mi cómplice virtual no acababa de manifestarse.

Acabé la Coca-cola y pedí una segunda. Llevaba ya veinte minutos sobrepasados de la hora que habíamos acordado. Seguramente le había pasado algo. Decidí llamarlo, inquieta, nerviosa, pero no contestó.

- ¡Qué raro! - Me dije –. Algo gordo ha tenido que pasar para que no haya venido. Ya es mala suerte. Sé que me hubiese dicho algo, me habría llamado, si no habría podido venir. Lo conozco. Lo sé. Lo llevo conociendo tanto tiempo… ¿O no?

Finalmente me levanté de allí y pagué las consumiciones. Salí cabizbaja, con mi vestido nuevo pegado a mi piel hidratada pero sudada, mi perfume mezclado con olor a fritanga del bar y mi maquillaje a punto de derretirse, junto con mis ilusiones.

Al llegar a casa me fui directa al ordenador. Afortunadamente la casa estaba vacía y nadie me acosaría a preguntas sobre mi llegada anticipada.

Abrí mi correo con esa extraña mezcla de ansiedad y tristeza y al ver su correo, en negrita, esperando a ser abierto, dudé en si quería averiguar la verdad de todo aquello.

Mi querida Paloma:

¡Pero qué guapa eres al natural! He de decirte que las cientos de fotos que tengo tuyas, no son, ni mucho menos, acordes a lo espectacular que eres en persona.

Te habrás preguntado por qué no he acudido a nuestra anhelada cita, esa misma que llevábamos tantos meses planeando con tantísimo detalle. No puedes imaginar lo que he disfrutado observando cómo mirabas el móvil, cómo te alterabas cada vez que entraba alguien en aquel bar, cómo entraba la Coca-cola por tu garganta, haciendo que tu cuello se estirase hacia atrás. Casi podía sentir cómo el líquido te refrescaba por dentro… ¡Cómo me hubiese gustado sentarme frente a ti y abrazarte, tal y como habíamos pensado! Tuve que contenerme al ver mi móvil vibrar. ¡Qué esfuerzo tan sublime, por mi parte!

Lo sé, no tengo perdón. Pero debes creerme. Te vi allí sentada, lo maravillosa que eres, cómo te movías, jugándotela  por mí, por estar junto a tu confidente, tu gran amigo y amante, ese que piensas tú que yo soy... y me faltó valor. No pude. No tuve el coraje de plantarme allí y enseñarte lo pequeño y ridículo que soy a tu lado.

Aquí, tras esta pantalla sigo siendo el mismo de siempre, llenándote de ilusiones, de alegrías y motivaciones. Fuera, no soy más que un hombre mediocre que espera que un hada como tú lo convierta en alguien que esté a su altura, pero mucho me temo que eres demasiado grande incluso como para alguien tan mediocre como yo. Entiéndelo, no estaríamos en el mismo nivel. Tendré que conformarme en tenerte por aquí alimentando nuestras vacías vidas para igualarnos.

Sólo espero que tu decepción no haya sido tan abismal y que dejes tu parcela junto a mí, en la inmensidad de nuestras mentes.

Ya sabes lo que te adoro.

Pablo.

Borré aquel mail de la bandeja de entrada y también de la papelera, tal y como acostumbraba mi rutina en los últimos meses.

Después, pensativa, empecé a recordar a todas y cada una de las personas que habían entrado en aquel sitio. ¿Pudo ser aquel ludópata que me escudriñó de aquella manera? ¿Un viejo sin casi dientes que pasó a pedir un coñac? ¿Aquel par de adolescentes que compraron tabaco aparentando ser más mayores o la cuarentona de la mesa de la esquina que leía el periódico con cara de cabreo? 

Me dio igual. Estaba claro que el juego había terminado. Pablo era alguien que había jugado con mi subconsciente, habiéndose apoderado de él durante mucho tiempo, alimentándolo a su antojo, siendo suya en la irrealidad de la red. Alguien que yo había imaginado como cierto y que lo único que podía darme eran letras mágicas que alimentaban mi ego y mi autoestima. Alguien real en la red e irreal en la calle.

Mentiría si dijera que no lloré. Lo hice, desilusionada, como un niño cuando descubre quien trae sus regalos de Navidad. Después sólo me vino a la mente aquella chicharra esperando encontrar respuesta y lo único que escuchó fue el silencio profundo de una tarde más del mes de agosto.

6 comentarios:

  1. Vaya...

    Tengo que confesarte que no me ha gustado demasiado ese final tan triste. Pero seamos francos: La red, esa a la que llamas irreal, no es más que una extensión más de la vida.

    Fuera de ella también te puedes encontrar con mucha gente irreal, que finge ser lo que no es, quererte cuando no es así o estar ahí cuando en realidad no lo está.

    Es curioso, pero hasta la mitad del texto no he podido evitar sentirme totalmente identificada. En su día también encontré a un confidente que, casualmente, se llamaba Pablo. Sólo que en nuestro caso ese encuentro si se produjo. Y detrás de ese, otros tantos. Ese ser real en la red se acabó conviertiendo en un ser real también en la calle... Y en mi futuro marido.

    Qué complejo es todo.

    Un abrazo.

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  2. Bueno, la mayoría de las veces el ser irreal suele llegar a ser real, pero entonces, no habría historia. Ésto no es más que una de tantas en las que algunos se escudan tras el monitor, sintiéndose seguros porque fuera, no tienen nada que ver con lo que plasman en la pantalla. Gracias por comentar, un abrazo.

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  3. No dejes que una mala experiencia te marque. Hay por ahí un montón de gente "real" con muy buenos sentimientos.

    Un abrazo,

    Rato Raro

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    1. Ojo que no todo lo que cuento por aquí son cosas mías... No dudo de los buenos sentimientos de la gente real y la virtual.

      Saludos!

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  4. Un texto muy bien narrado, escribes de maravilla.
    Me ha llegado especialmente por haber vivido una experiencia similar. Pero nosotros sí que acudimos a la cita, atravesamos media España, yo desde el norte y ella desde el sur. Tuvimos nuestra noche mágica, una única noche. No nos hemos vuelto a ver más por muchas razones pero el recuerdo es imborrable. Seguimos en contacto y nuestra amistad es nuestro regalo. Saludos.

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  5. Bueno, creo que a todos nos ha ocurrido algo parecido navegando por estos mares de palabras sin rostro. Y sí, claro, yo también me siento algo identificada, aunque yo he tenido el placer de conocer y poner cara a algún Pablo que otro. Amigos de abrazo y café que cruzan media España para conocerse y darse un abrazo de oso, luego cada cual vuelve a su casita dentro de esa pantalla. Es bastante curioso esto de las amistades internáuticas. Pero son tan buenas como las otras.
    Me ha gustado mucho este relato.

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