Analogía:
Razonamiento basado en la existencia de atributos semejantes en seres o cosas diferentes.
Y éstas son las mías...

viernes, 2 de marzo de 2012

No hay perdices.

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No hay perdices 1.

Se conocieron en un grupo de terapia para dejar de fumar y se encantaron desde el primer momento. Las sesiones en grupo acababan los viernes en algún bar, con el propósito de hacer que dejaran de relacionar las cañas con el tabaco: Es lo que venía a llamarse una buena terapia de choque. Ni siquiera disimulaban en público su atracción: Si salían con más gente, no dudaba en ir agarrados por la cintura como si fueran pareja.

Durante semanas, evitaron caer en la tentación, pero finalmente, la química les poseyó por completo y acabaron realizando sus sueños más furtivos. Esos sueños que dormitaban en sus mentes por separado y que después los convirtieron en una misma realidad.

Desataron esa pasión contenida y, al día siguiente, él dejó la ciudad. Volvió a casa, a enfundarse nuevamente ese traje de perfecto padre y fiel esposo. La recluyó en algún lugar de su mente, en su parcela privada. Ni siquiera necesitaron mantener contacto para saber qué tipo de sentimientos tenían el uno con el otro. No hacía falta. No eran amantes pero aquella noche quedaría perpetua bajo sus poros. Era un pacto no escrito.


Ahora se encontraban mentalmente en algún lugar de sus cerebros, rememorando aquel encuentro, a miles de kilómetros de distancia. Pensaban en si volverían a verse, si las cosas fueran diferentes, si vivieran en la misma ciudad, si él no estuviera casado... Quizás algún día…

No hay perdices 2.

Cada cierto tiempo, soñaba con aquel que sabía nunca más sería suyo, pero afrontaba seguir con su vida, siendo consciente de que aquello que ocurrió hace tiempo, no se repetiría más.
Y cada mañana coqueteaba con aquel compañero que la saludaba a través del chat de la empresa.

Pertenecían a diferentes departamentos y apenas tenían trato pero se habían encontrado varias veces en las reuniones globales que se solían programar cada tres meses. De tener una relación cordial pero distante, pasaron a tener cada vez más confianza. Y la complicidad se iba haciendo más fuerte en ambos sentidos.

Con el paso del tiempo, él, que era aparentemente frío, serio y seco, resultó ser cautivador, sagaz y un gran estratega en las artes de la seducción. Ella, cauta, sabía qué teclas no debía tocar para no caer en los mismos errores del pasado. No podría soportar otro desastre emocional.

Se veían casi a diario. Sus ventanas estaban enfrentadas, aunque en diferentes partes del edificio y los amplios cristales permitían mostrar sus idas, sus vueltas, sus cafés, sus descansos, sus caras, sus sonrisas…
Por fin él propuso invitarla a una fiesta a la que asistiría mucha gente. Necesitaba ese contacto, aunque tuviese que guardar la compostura delante del resto. Era su única oportunidad para poder estar más cerca. Ansiaba una copa con ella, o dos, o quizás que todo aquello acabara en una noche loca. Y que saliese el sol por Antequera.

Fue presentándole a la gran mayoría de los asistentes pero ella apenas reparó en el gentío. Sólo hubo una mujer que le cayó realmente bien con la que consideró podría tener una estupenda amistad. Tenían el mismo sentido del humor y los mismos intereses por lo que terminaron por darse los teléfonos para salir de compras algún día.

Y mientras, él, petrificado, observaba la escena desde un rincón de la sala sin dar crédito a lo que veían sus ojos: Aquella que tan bien le cayó, era su mujer.

No hay perdices 3.

Ambos trabajaban juntos pero ella apenas aparecía por la empresa. Era comercial y viajaba constantemente. Los reportes los enviaba por mail y su presencia en la oficina no era necesaria. Era él el que atendía a los tres hijos, él el que hacía la cena, el que los llevaba al colegio y el que pasaba las noches a solas, mientras la gran obsesión de su mujer les envenenaba día a día. Lo principal era el trabajo, las reuniones con los clientes, las videoconferencias con los directores, los correos a las 5 de la mañana, eso era lo que le quitaba el sueño pero le llenaban de energía.

Hacía ya muchos años que no eran felices. No disfrutaban de su relación y tampoco las tenían. Se mantenían así por la hipoteca, por los hijos, por las facturas, por la familia y por el entorno laboral.
Ella se evadía de su hastiada casa, de las labores maternales, de los cuentos, de las notas del colegio. Sólo deseaba llegar a aquella ciudad marítima en la que sabía que la esperaban con ansia. Pensaba, sobre todo, en esos momentos bajo las sábanas, las confidencias entre risas, cómo se mofaban de sus sendas vidas y ensalzaban la que tenían en común. A ratos, a escondidas, pero en común.
Ambas ralentizar el tiempo, hasta el final del día. La siguiente cita sería hasta el próximo mes.

Había descubierto su devoción por las mujeres una noche de borrachera solitaria en un bar equivocado. Se fue dejando llevar por una rubia cincuentona y a partir de entonces tuvo clara su condición sexual. Pero mientras, lo ocultaba.

Y todas las noches de su tediosa vida, rememoraba sus abrazos, sus besos, sus charlas. A veces sola en una cama vacía de un hotel, otras contra la espalda de aquel con el que compartía sus bienes al 50%.

No hay perdices 4.

Sabía que él le era infiel. Tenía claro que algo había pasado en aquella terapia para dejar de fumar. Vino muy cambiado, muy callado, demasiado reflexivo. Además se sentía culpable y se notaba a distancia.
Siempre fue muy celosa. Terriblemente susceptible. No se fiaba ni de él, ni de ningún hombre. Sabía a qué jugaba cada vez que salía de casa y también sabía que no cambiarían las cosas. Él era así y no podía evitarlo.

Decidió investigarlo, preguntarle abiertamente, abrirle el correo, su cuenta de Facebook, de Twitter, repasó sus mensajes en el móvil, casi delante de él… Pero no logró encontrar nada.

Su autoestima se dañó aún más cuando no encontró la evidencia. Él fue más listo y eso la frustró. Se vio pequeña, vulnerable, débil, así que decidió salir de casa a pasear por el puerto, dándole vueltas a esa intuición, a ese olor extraño en su comportamiento. Sabía que le era infiel pero no podía demostrarlo.
Se sentó en aquel banco junto a aquella mujer que mirando sus ojos pareció comprenderla al milímetro.
Aún no sabe cómo acabó en la cama con ella. Y aún no sabe cómo decirle que gracias a aquel día conoció al hombre de su vida, ese mismo que hoy sueña con ella, en espera de que encuentre las pruebas de la infidelidad de su marido. Un divorcio por despecho suele ser más jugoso que uno por simple desamor. El dinero es el dinero.


Tan sólo si uno de ellos se atreviese a empujar una pieza del dominó al que pertenecen todos, si sólamente uno, se atreviese a enfrentarse a la realidad, aquella cadena llena de eslabones mal engarzados, acabaría rota y descompuesta. Pero mientras, todos siguen con sus vidas; soñando unos con otros, sin perder la esperanza de que quizás algún día todo aquello deje de ser ficticio.

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